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  • Revista GEFAO

El misterio del oro Azteca

UNO DE LOS grandes misterios de la historia del Magno Imperio Azteca y que ha causado variadas polémicas, es la enorme cantidad de oro que manejaron como parte de su gran civilización y tecnología. Algunos escritores opinan que posiblemente nuestros antiguos mexicanos conocieron la ciencia alquímica y otros se inclinan por la ciencia del átomo. Independientemente del acuerdo al que lleguen nuestros investigadores, la verdad es que, tanto los Incas como los mexicanos, produjeron toneladas de oro, plata y platino, así como otros metales de menos valor actualmente y sin contar el enorme conocimiento y manejo que tuvieron con relación a las diversas piedras preciosas. Este oro mexicano y más particularmente el inca, sigue constituyendo un misterio en la actualidad, puesto que las minas, tanto del Magno Imperio Azteca, como el incaico, no son demasiado productivas y son escasas, para que de ellas se extrajeran las enormes toneladas de ese metal precioso. Los escritores Jacques Carles-Michel Granger en su obra «La alquimia» explican que los guerreros oficiales del Magno Imperio Azteca, en los días de combate, usaban una coraza de oro y lucían un casco de plata adornada con la figura de una cabeza de tigre o águila, para determinar su alto rango militar, como actualmente los generales portan la figura de un águila en su kepí, en tanto los soldados usan cascos de acero.


Al secreto de su origen se añade el misterio de su densidad o grosor. El oro inca, comenta el escritor R. Charroux, no tenía exactamente la misma densidad del oro ordinario, Sin embargo, presentaba las mismas características que el metal noble, y en particular un punto de fusión a mil grados de calor que le permitía resistir la llama. El investigador francés, agrega que se trata, pues, de oro con toda seguridad y no de burda imitación que fabricaban los charlatanes de la Edad Media que se decían alquimistas para engañar a los incautos. En Sudamérica, los muiscas, contemporáneos de los incas, utilizaban pequeños discos de oro como moneda corriente, y todos los objetos metálicos que empleaban eran de oro puro, incluso se llegó a decir que construyeron palacios y templos de oro macizo. Se podría llegar a la conclusión de que nuestros antiguos mexicanos lograron una súper civilización que les permitió obtener el conocimiento necesario para transmutar cualquier metal en oro, como pueden hacerlo los científicos actuales gracias a la energía nuclear, pero en condiciones que no son económicamente rentables.


El escritor Maurice Chatelain, en su obra «En Busca de Nuestros Antepasados Cósmicos» explica que resulta muy curioso que las pirámides de Egipto: la Keops y Kefrén, tengan similares medidas a las pirámides de Teotihuacán, y resulta muy curioso que se haya encontrado igualmente el número 2.268 en los vestigios de Teotihuacán, cuya gran avenida central tiene una longitud de 2.268 yardas mexicanas, o sea exactamente 2.400 metros.


Este emplazamiento arqueológico fue descrito con detalle por Peter Tompkin en otra sugestiva obra, en la que se incluye un notable anexo matemático del i n g e n i e r o norteamericano Hugh Harleston y citas de mi primer libro, cuyas conclusiones coinciden con las de Tompkins, en especial por lo que respecta a la Constante de Nínive de los sumerios. Ahora, bien, explica el escritor, según los autores las dimensiones de estas pirámides y de la ciudadela de Teotihuacán forman un verdadero tratado de astronomía y matemáticas, donde se recoge tanto el ciclo sinódico de Saturno como las distancias relativas de los planetas al Sol, tanto la constante base de nuestros logaritmos como una constante de estructura nuclear, cosa todavía más increíble.


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